Discurso pronunciado por el concejal Héctor R. Amez en el Concejo Deliberante de Rosario con motivo del fallecimiento del Dr. Luciano F. Molinas en la sesión del 9 de noviembre de 1973.
Un ciudadano ejemplar, repúblico insigne, demócrata ferviente, estadista probo, ha muerto hoy en Santa Fe. El doctor Luciano F. Molinas tenía la vocación de la política y se entregó a ella con la pasión de los hombres de bien, que sienten los destinos del pueblo como cosa propia.
Desde muy joven desempeñó funciones legislativas en las que reveló la profundidad de su talento y de su conducta y a ellas las orientó fundamentalmente hacia las cuestiones económicas y financieras y demostró la versación propia del estadista.
Militó desde sus primeros días en el Partido Demócrata Progresista junto a hombres que en su momento daban lustre a la política de Santa Fe y trascendían al escenario nacional, y tuvo a su lado a Lisandro de la Torre, Francisco Correa, Enrique Thedy, Enzo Bordabehere, Mario y José Antelo, y a tal punto descolló su personalidad que bien pronto fue candidato a gobernador y a legislador nacional (antes había sido diputado provincial), como lo fue luego a convencional constituyente nacional y en esta provincia.
Profesor universitario, volcó en la cátedra esa misma conducta y ese mismo talento y tuvo entonces esa cátedra el prestigio propio de sus méritos. Sociología, economía y finanzas, sucesivamente, fueron las materias de su dictado. Justamente ayer se han cumplido 42 años desde el día que la provincia lo eligió gobernador. Era el mismo día en que el fraude electoral impedía el triunfo de la fórmula presidencial que integraban Lisandro de la Torre y Nicolás Repetto. La gobernación del doctor Molinas permitió apreciar las dotes de estadista de este hombre que llegaba a ese cargo a los 43 años de edad.
Fiel a sus convicciones y al programa de su partido, que para los hombres que compartían su ideario eran un programa de acción, hombres para quienes la dialéctica teoría-realidad era sólo un eufemismo tras la cual se escudan los que carecen de convicciones firmes, llevó a cabo una brillante tarea de renovación.
Apenas llegado a la función pública, elevó a la Legislatura el mensaje para poner en vigencia la Constitución de 1921, de acuerdo con el programa de su Partido.
Inmediatamente , en momentos en que la situación económica y financiera, como producto de una crisis que abarcaba el mundo entero, hacía sentir sus efectos sobre las finanzas de esta provincia, ya desquiciada por gobiernos anteriores, dispuso la moratoria de la deuda externa, que alarmó a los banqueros internacionales, que creían en ese momento verse libres de una crisis tan grave como no vivió el mundo en lo que va de este siglo. En poco tiempo arregló la deuda, consiguió importantes reducciones de intereses y amortizaciones y se reanudaron los pagos con gran ventaja para la Provincia.
De acuerdo con la Constitución del 21, fue reformada la ley de comunas y se aumentaron las facultades que tenían esos entre primarios del poder político de los pueblos. Por medio de convenciones constituyentes municipales, se dictaron las cartas orgánicas de las ciudades de Rosario y Santa Fe. Se estableció un régimen de control de las leyes laborales y de conciliación y arbitraje obligatorios en los conflictos de trabajo que, en su sustancia, aún están rigiendo en esta provincia. Se crearon los consejos escolares electivos para que el pueblo fuera el dueño de sus propias escuelas; se descentralizó la administración. Se estableció un impuesto a los latifundios y al ausentismo rural y se dictó la ley de colonización. El sistema policial y el carcelario fueron reformados: se terminó con la mafia que asolaba la provincia y se construyó la cárcel modelo de Coronda, con grandes talleres, donde los reclusos hacían trabajos útiles.
A pesar de la grave situación económica y financiera, se dió un impulso extraordinario a las obras públicas, que, fundamentalmente, estuvo concentrado en la edificación escolar y en la construcción de caminos pavimentados que llevaron a Santa Fe a tener la red más amplia de la República.
En su primer mensaje a la Legislatura, el Dr. Molinas, para asegurar la continuidad de la administración propone rebajar su propio sueldo de gobernador en más de un 40% y a partir de allí una escala reductora que llegaba a cero para los últimos agentes de la administración.
Podría señalarse mucho más sobre la obra de gobierno de Molinas, pero ese gobierno era un mal ejemplo dónde se enseñoreaba el fraude en la República y dónde hombres conscientes de sus intereses y de sus designios no podían seguir permitiendo este “mal ejemplo”. La Provincia fue intervenida.
Bajó Luciano Molinas de la función pública con la frente alta dando un manifiesto al pueblo en el cual explicaba su obra de gobierno y la situación a que era llevada la Provincia en ese momento.
Nadie pudo señalar al doctor Molinas el menor desliz en el manejo de la cosa pública. Y este hombre tan arraigado en sus convicciones, honesto y probo, repúblico integérrimo, cuando llegó el momento renunció a la jubilación que le era debida como ex mandatario de la Provincia y fue el único que vivió hasta el final de sus días sin cobrar esos emolumentos.
Vinieron para él y para toda su generación, épocas muy difíciles. El siguió fiel a sus convicciones y a su militancia política, siendo nuevamente candidato a gobernador y a presidente y vicepresidente de la Nación.
Hasta el último momento de su vida, a los 85 años, en que acaba de fallecer, el doctor Molinas mantuvo su plena lucidez a pesar del desmedro físico que lo aquejaba desde hace doce años-fue convencional constituyente de la Provincia en 1961- y mantenía el interés por todos los asuntos nacionales y del mundo, y a ellos se entregó con esa pasión con que había comenzado sus primeros años en la política.
Tuvo en su partido todos los honores. Era un hombre que a esta alltura de su vida, por los méritos de su acción de gobierno y por el ejemplo de su conducta estaba por encima de toda consideración partidista. Desempeñó como nadie la máxima función en esta Provincia. Su vida toda es un ejemplo.
Señor Presidente, solicito a este Honorable Cuerpo que, en homenaje a la memoria del doctor Luciano F. Molinas. sea levantada esta sesión.
Este blog recoge escritos personales e indagaciones bibliográficas y en publicaciones periódicas que he realizado a lo largo de los años. Una gran parte de la documentación consultada pertenece a los archivos de la Biblioteca Argentina "Dr. Juan Álvarez" y su Hemeroteca.
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22 de abril de 2011
4 de agosto de 2009
Lisandro de la Torre
Correspondiendo a una gentil invitación del señor Secretario de Gobierno al P.D.P., hablo en su nombre en este acto de colocación de la placa que sitúa a los visitantes del cementerio en el lugar donde se hallan las cenizas del doctor Lisandro de la Torre, como uno de los ciudadanos destacados de la ciudad de Rosario.
El hombre público más eminente nacido en esta ciudad desarrolló su vida política en los 50 años que transcurrieron entre 1889 y 1939. Comenzó en los actos que precedieron a la revolución de 1890; allí en el Parque de Artillería (donde hoy se encuentra el Palacio de los Tribunales de Buenos Aires) fue el centinela de la Junta Revolucionaria, adentro, como el mismo de la Torre lo recordara 40 años más tarde, en el hospital de sangre, el doctor Juan B. Justo atendía a los heridos. Participó luego en la revolución de 1893 en Rosario y Santa Fe, que desalojó el gobernador Cafferata y ocupó un ministerio por breves días. Poco después llegaría a la conclusión de que las conjuraciones de cuartel eran mil veces más peligrosas para las libertades públicas que las malas elecciones.
La fundación de la Liga del Sur en 1908 significa por primera vez en la Argentina la aparición de un partido orgánico, con programa definido, como lo señala José Ingenieros en su Sociología Argentina. Su compromiso lo llevará a gastar toda su fortuna personal en la campaña de candidato a gobernador de Santa Fe.
Sancionada la ley Sáenz Peña en 1912, es electo diputado nacional y en sólo dos años resulta consagrado por su labor legislativa al punto de convertirse en un líder nacional. Si hay libertad electoral, hacen falta partidos orgánicos y se pone a esa tarea. Su talento y la reciura de su carácter son reconocidos cuando es designado presidente del nuevo Partido Demócrata Progresista y luego candidato a presidente de la República, entre nombres como Joaquin V. González, Indalecio Gómez, entre muchos otros. Y aunque fracase electoralmente continuará por el camino emprendido. Su fracaso será el fracaso de la República, como lo han señalado Rouquié y Sebrelli.
Cuando la demagogia irresponsable traiga como consecuencia la asonada del 6 de setiembre de 1930, rechaza la posibilidad de ser el candidato del oficialismo y es el abanderado de la Alianza Demócrata Socialista. El candidato a vicepresidente es el doctor Nicolás Repetto, médico eminente, que en su foja lleva el dato de que abandona su profesión, que en el último año de ejercicio le ha dado utilidades de un millón de pesos de hoy, para brindarse a la acción política. El fraude y las condiciones políticas de gran parte del país provocan la derrota.
Cuando se incorpora al Senado el talento enorme, su desinterés, la defensa de los intereses de la República brillan como nunca. Así lo vemos en el debate del Banco Central, cuyo proyecto él critica, no porque signifique una entrega a intereses extranjeros, sino porque no tiene la suficiente independencia para defender el valor de la moneda. Sí, se hará sentir su voz antiimperialista frente al Convenio de Londres o la investigación del comercio de carnes, donde ve caer asesinado a Enzo Bordabehere.
Poco después, el fraude electoral como sistema y la aparición de brotes totalitarios determina que ante una multitud pronuncie el 1° de mayo de 1936 la frase convocante: “Hombres libres del mundo, uníos”.
En ese año de 1936 afronta el debate sobre la ley de represión del comunismo, que es sólo la pantalla para contener las protestas que origina el fraude y ahí puede ratificar su fe democrática. “A mí me separa un abismo del comunismo. Ni la dictadura ni el desborde demagógico me han tenido jamás a su servicio”
Todavía la vida le da tiempo para pronunciar su conferencia “Grandeza y decadencia del fascismo” en 1938.
Señores: El pasado sirve para buscar los ejemplos, no para repetirlo ni para crear diferencias en los hombres de hoy o del futuro.
En esta hora en que se cierne una nueva amenaza, otra vez trasnochada, de un brote fascista en la Argentina, busquemos los caminos para que todos los demócratas, cualquiera sea su origen, nos unamos para hacer frente a esa amenaza. Ese será el mejor homenaje a la memoria de Lisandro de la Torre.
El hombre público más eminente nacido en esta ciudad desarrolló su vida política en los 50 años que transcurrieron entre 1889 y 1939. Comenzó en los actos que precedieron a la revolución de 1890; allí en el Parque de Artillería (donde hoy se encuentra el Palacio de los Tribunales de Buenos Aires) fue el centinela de la Junta Revolucionaria, adentro, como el mismo de la Torre lo recordara 40 años más tarde, en el hospital de sangre, el doctor Juan B. Justo atendía a los heridos. Participó luego en la revolución de 1893 en Rosario y Santa Fe, que desalojó el gobernador Cafferata y ocupó un ministerio por breves días. Poco después llegaría a la conclusión de que las conjuraciones de cuartel eran mil veces más peligrosas para las libertades públicas que las malas elecciones.
La fundación de la Liga del Sur en 1908 significa por primera vez en la Argentina la aparición de un partido orgánico, con programa definido, como lo señala José Ingenieros en su Sociología Argentina. Su compromiso lo llevará a gastar toda su fortuna personal en la campaña de candidato a gobernador de Santa Fe.
Sancionada la ley Sáenz Peña en 1912, es electo diputado nacional y en sólo dos años resulta consagrado por su labor legislativa al punto de convertirse en un líder nacional. Si hay libertad electoral, hacen falta partidos orgánicos y se pone a esa tarea. Su talento y la reciura de su carácter son reconocidos cuando es designado presidente del nuevo Partido Demócrata Progresista y luego candidato a presidente de la República, entre nombres como Joaquin V. González, Indalecio Gómez, entre muchos otros. Y aunque fracase electoralmente continuará por el camino emprendido. Su fracaso será el fracaso de la República, como lo han señalado Rouquié y Sebrelli.
Cuando la demagogia irresponsable traiga como consecuencia la asonada del 6 de setiembre de 1930, rechaza la posibilidad de ser el candidato del oficialismo y es el abanderado de la Alianza Demócrata Socialista. El candidato a vicepresidente es el doctor Nicolás Repetto, médico eminente, que en su foja lleva el dato de que abandona su profesión, que en el último año de ejercicio le ha dado utilidades de un millón de pesos de hoy, para brindarse a la acción política. El fraude y las condiciones políticas de gran parte del país provocan la derrota.
Cuando se incorpora al Senado el talento enorme, su desinterés, la defensa de los intereses de la República brillan como nunca. Así lo vemos en el debate del Banco Central, cuyo proyecto él critica, no porque signifique una entrega a intereses extranjeros, sino porque no tiene la suficiente independencia para defender el valor de la moneda. Sí, se hará sentir su voz antiimperialista frente al Convenio de Londres o la investigación del comercio de carnes, donde ve caer asesinado a Enzo Bordabehere.
Poco después, el fraude electoral como sistema y la aparición de brotes totalitarios determina que ante una multitud pronuncie el 1° de mayo de 1936 la frase convocante: “Hombres libres del mundo, uníos”.
En ese año de 1936 afronta el debate sobre la ley de represión del comunismo, que es sólo la pantalla para contener las protestas que origina el fraude y ahí puede ratificar su fe democrática. “A mí me separa un abismo del comunismo. Ni la dictadura ni el desborde demagógico me han tenido jamás a su servicio”
Todavía la vida le da tiempo para pronunciar su conferencia “Grandeza y decadencia del fascismo” en 1938.
Señores: El pasado sirve para buscar los ejemplos, no para repetirlo ni para crear diferencias en los hombres de hoy o del futuro.
En esta hora en que se cierne una nueva amenaza, otra vez trasnochada, de un brote fascista en la Argentina, busquemos los caminos para que todos los demócratas, cualquiera sea su origen, nos unamos para hacer frente a esa amenaza. Ese será el mejor homenaje a la memoria de Lisandro de la Torre.
7 de enero de 2006
Angel Moral
Con la muerte de Angel Moral se va el último representante de una generación y un personaje único e irrepetible.
Militante del Partido Demócrata Progresista desde su adolescencia, llegó a ocupar cargos internos de la más alta significación y ser representante de la agrupación en el Concejo Deliberante de Rosario y en la Cámara de Diputados de la Nación.
Lo fue por imperio de su personalidad y de su talento, sin ambiciones menguadas ni luchas encarnizadas por conquistar posiciones, que seguramente deseó pero que logró por el reconocimiento de sus correligionarios y puede decirse a pesar de un carácter hosco, combativo, incapaz de hacer concesiones respecto de lo que eran sus convicciones.
Como todos los hombres tenía virtudes y defectos, que no ocultaba. Puede decirse que se ofrecía cristalino a la expectación pública y más de una vez ello le hizo resignar posiciones que merecía. Pero ese era él y lo fue siempre hasta los días finales de su vida.
Hace dos semanas fui a visitarlo a su casa. La salud desmedrada no había atacada la lucidez de su cerebro ni siquiera ese temperamento optimista que lo distinguía y me pidió que distribuyera un trabajo que había preparado años atrás sobre la autonomía municipal. Estaba al tanto de todas las noticias con los dos diarios que leía siempre y me hizo sus comentarios. Se aprestaba a concurrir a las reuniones partidarias que habían comenzado a realizarse sobre la reforma constitucional de la provincia y sólo esperaba que condiciones climáticas más benignas le permitieran salir de su hogar.
Puedo decir con la mayor veracidad que ese carácter difícil que lo caracterizaba no era necesariamente un obstáculo para el trabajo en equipo. Lo conocí bien en el bloque de concejales de 1963-1966, que él presidía y que yo integraba con otros amigos. Nunca una disidencia parcial impidió una decisión colectiva ni empañó una relación que, por el contrario, se fortaleció con el transcurso del tiempo. Entonces apreciamos su enorme capacidad de trabajo, su amplio conocimiento de los temas más diversos y el respeto que imponía a amigos y adversarios. No exagero un ápice cuando digo que desde la presidencia del bloque opositor dirigió los trabajos del Concejo Deliberante. Es que se imponía por la fuerza con que sostenía sus ideas y con el poder moral que emanaba de su acción.
Desde joven se había acercado a José y Mario Antelo, cuyo estudio jurídico frecuentaba. Bebió allí el espíritu democrático que se asienta en el respeto de las jerarquías legítimas, y después de la muerte de Mario acudió muchas veces en consulta cada vez que lo necesitó. Esa idea de la jerarquía legítima, que es consustancial con la democracia, la tuvo siempre y puede hallarse allí la clave para comprender la falta de disidencias políticas en el seno partidario, a pesar de su carácter.
La política fue seguramente su leit motiv. Su paso por la Cámara de Diputados no fue intrascendente y lo prueban los proyectos y debates, algunos de los cuales fueron publicados en forma de folleto. En momentos muy graves para las instituciones de la República hizo oir la voz del Partido Demócrata Progresista y sostuvo los principios y el programa de su Partido. En las épocas más difíciles, sin esperanzas, su nombre integró listas partidarias.
En el orden interno, integró la Junta Departamental de Rosario, que presidía el doctor Vicente Pomponio, uno de sus maestros preferidos. También, la Junta Ejecutiva Provincial y la Nacional varias veces. Presidió durante varios períodos el Congreso Nacional y el Tribunal de Disciplina. Constituida la Comisión de Museo y Homenajes, fue su vicepresidente e impulsor de muchas de sus iniciativas. Actualmente era presidente honorario de la misma.
Su nombre está asociado también a la educación. En la Escuela Superior de Comercio, de la que fue antes alumno, en la Facultad de Ciencias Económicas, su paso por la docencia, dejó su impronta en miles de alumnos que lo recuerdan con afecto como un maestro severo pero recto.
Angel Moral vinculó su nombre a muchas actividades culturales y deportivas, habiendo integrado elencos directivos de varias entidades.
Lector apasionado, no hubo género ajeno a sus inquietudes. Buscaba los momentos más diversos y todavía lo recuerdo en una esquina mientras esperaba el tranvía o sentado en el medio de transporte leyendo un libro.
No puede olvidarse su paso por el periodismo. Muy joven entró al viejo diario Tribuna, aquel que los jóvenes demócratas progresistas fundaron en 1928. Allí alternó con viejos periodistas que marcaron una época en la ciudad y aprendió el oficio, que tenía por entonces la condición de ser una fragua cultural y humana. Puede decirse que a pesar de los años transcurridos después de abandonado el oficio, Moral nunca dejó de ser un periodista. Esa etapa lo marcó como ninguna, probablemente.
Despedimos a Angel Moral, hombre cabal de la democracia, ejemplo de temple para los momentos difíciles, hecho en la forja del trabajo, del estudio y del esfuerzo.
Militante del Partido Demócrata Progresista desde su adolescencia, llegó a ocupar cargos internos de la más alta significación y ser representante de la agrupación en el Concejo Deliberante de Rosario y en la Cámara de Diputados de la Nación.
Lo fue por imperio de su personalidad y de su talento, sin ambiciones menguadas ni luchas encarnizadas por conquistar posiciones, que seguramente deseó pero que logró por el reconocimiento de sus correligionarios y puede decirse a pesar de un carácter hosco, combativo, incapaz de hacer concesiones respecto de lo que eran sus convicciones.
Como todos los hombres tenía virtudes y defectos, que no ocultaba. Puede decirse que se ofrecía cristalino a la expectación pública y más de una vez ello le hizo resignar posiciones que merecía. Pero ese era él y lo fue siempre hasta los días finales de su vida.
Hace dos semanas fui a visitarlo a su casa. La salud desmedrada no había atacada la lucidez de su cerebro ni siquiera ese temperamento optimista que lo distinguía y me pidió que distribuyera un trabajo que había preparado años atrás sobre la autonomía municipal. Estaba al tanto de todas las noticias con los dos diarios que leía siempre y me hizo sus comentarios. Se aprestaba a concurrir a las reuniones partidarias que habían comenzado a realizarse sobre la reforma constitucional de la provincia y sólo esperaba que condiciones climáticas más benignas le permitieran salir de su hogar.
Puedo decir con la mayor veracidad que ese carácter difícil que lo caracterizaba no era necesariamente un obstáculo para el trabajo en equipo. Lo conocí bien en el bloque de concejales de 1963-1966, que él presidía y que yo integraba con otros amigos. Nunca una disidencia parcial impidió una decisión colectiva ni empañó una relación que, por el contrario, se fortaleció con el transcurso del tiempo. Entonces apreciamos su enorme capacidad de trabajo, su amplio conocimiento de los temas más diversos y el respeto que imponía a amigos y adversarios. No exagero un ápice cuando digo que desde la presidencia del bloque opositor dirigió los trabajos del Concejo Deliberante. Es que se imponía por la fuerza con que sostenía sus ideas y con el poder moral que emanaba de su acción.
Desde joven se había acercado a José y Mario Antelo, cuyo estudio jurídico frecuentaba. Bebió allí el espíritu democrático que se asienta en el respeto de las jerarquías legítimas, y después de la muerte de Mario acudió muchas veces en consulta cada vez que lo necesitó. Esa idea de la jerarquía legítima, que es consustancial con la democracia, la tuvo siempre y puede hallarse allí la clave para comprender la falta de disidencias políticas en el seno partidario, a pesar de su carácter.
La política fue seguramente su leit motiv. Su paso por la Cámara de Diputados no fue intrascendente y lo prueban los proyectos y debates, algunos de los cuales fueron publicados en forma de folleto. En momentos muy graves para las instituciones de la República hizo oir la voz del Partido Demócrata Progresista y sostuvo los principios y el programa de su Partido. En las épocas más difíciles, sin esperanzas, su nombre integró listas partidarias.
En el orden interno, integró la Junta Departamental de Rosario, que presidía el doctor Vicente Pomponio, uno de sus maestros preferidos. También, la Junta Ejecutiva Provincial y la Nacional varias veces. Presidió durante varios períodos el Congreso Nacional y el Tribunal de Disciplina. Constituida la Comisión de Museo y Homenajes, fue su vicepresidente e impulsor de muchas de sus iniciativas. Actualmente era presidente honorario de la misma.
Su nombre está asociado también a la educación. En la Escuela Superior de Comercio, de la que fue antes alumno, en la Facultad de Ciencias Económicas, su paso por la docencia, dejó su impronta en miles de alumnos que lo recuerdan con afecto como un maestro severo pero recto.
Angel Moral vinculó su nombre a muchas actividades culturales y deportivas, habiendo integrado elencos directivos de varias entidades.
Lector apasionado, no hubo género ajeno a sus inquietudes. Buscaba los momentos más diversos y todavía lo recuerdo en una esquina mientras esperaba el tranvía o sentado en el medio de transporte leyendo un libro.
No puede olvidarse su paso por el periodismo. Muy joven entró al viejo diario Tribuna, aquel que los jóvenes demócratas progresistas fundaron en 1928. Allí alternó con viejos periodistas que marcaron una época en la ciudad y aprendió el oficio, que tenía por entonces la condición de ser una fragua cultural y humana. Puede decirse que a pesar de los años transcurridos después de abandonado el oficio, Moral nunca dejó de ser un periodista. Esa etapa lo marcó como ninguna, probablemente.
Despedimos a Angel Moral, hombre cabal de la democracia, ejemplo de temple para los momentos difíciles, hecho en la forja del trabajo, del estudio y del esfuerzo.
9 de septiembre de 2004
Héctor Thedy
HECTOR THEDY, TALENTO Y ACCION AL SERVICIO DE LA CIUDAD
Cuando el intendente Alberto J. Paz (1895-98) designó al ingeniero Héctor Thedy, a la sazón recientemente recibido en la Universidad de Buenos Aires, lejos habrá estado de imaginar cuanto influiría esa designación en los progresos de la ciudad de Rosario.
La gravísima crisis económica de 1890, de características internacionales pero ahondada en la Argentina por la vorágine de negocios y proyectos sin sustento, iba caminando lentamente hacia su liquidación a fines de aquel siglo. La crisis influyó severamente en el desenvolvimiento de los poderes públicos por el gran endeudamiento del Estado Nacional, las provincias y algunas municipalidades hasta provocar la primera moratoria del crédito público del país (lo que ahora suele llamarse “default”).
En consecuencia, eran tiempos de estrecheces económicas en un país en que estaba casi todo por hacer.
A pesar de las dificultades señaladas, durante el gobierno de Paz, se ejecutaron las primeras obras del Hospital Rosario y de la Casa de Aislamiento (luego Hospital Intendente Carrasco), que fueron dirigidas por el ingeniero Thedy.
En 1898 inició su mandato don Luis Lamas, que estuvo seis años al frente de la Municipalidad, mostrando su capacidad de acción y las ventajas de la continuidad administrativa, hecho éste que sería excepcional durante más de 70 años en la gestión comunal.
Sin duda la expropiación de los terrenos respectivos y la construcción del parque de la Independencia ( conocido como Parque Independencia durante muchísimos años) es considerada la obra magna de Lamas. Todos los planos de sus instalaciones: hipódromo, exposición rural, velódromo, el trazado vial, el lago y “la montañita” (con la tierra extraída de la excavación) llevan la firma del ingeniero Thedy. El mensaje del intendente fue elevado el 24 de junio de 1900 al Concejo Deliberante, que aprobó la obra. El l5 de diciembre de 1900 comenzaron los trabajos dirigidos también por Thedy. Un año después, el 1° de enero de 1902, se habilitó el parque.
La salud y la higiene públicas eran exigencias de la época reflejadas en enfermedades y epidemias, que mostraban su triste realidad en las estadísticas a pesar de la acción desarrollada por los médicos. Así se resolvió la construcción de pabellones de maternidad y de niños en el Hospital Rosario, los primeros en esas especialidades erigidos en la ciudad, que, con asesoramiento médico, planeó y dirigió el ingeniero Thedy.
En el mismo orden, la peste bubónica que se abatió sobre Rosario en 1898 requirió la acción enérgica de la Municipalidad frente a los intereses económicos vinculados a los embarcaderos situados en las inmediaciones de la gran refinería de azúcar instalada en 1889, la más grande de Sudamérica. El barrio, que tomó su nombre de este establecimiento industrial, era un conjunto de ranchos miserables, sin orden ni concierto y menos aún higiene, donde vivían miles de personas, ocupadas en las labores portuarias y afines. Fue menester realizar laboriosas gestiones ante los propietarios de los terrenos. con títulos no siempre perfectos, para acabar con un foco infeccioso que provocó también otras epidemias (El Museo de la Ciudad ha realizado hace poco una muestra al respecto).
Los planos del barrio Refinería, con su nuevo trazado de calles, también tienen la firma de Héctor Thedy.
Al adquirirse la Quinta de Canals, en la manzana comprendida por las calles Rioja, Moreno, San Luis y Balcarce, estuvieron a cargo de nuestro recordado la confección de los planos para construir lo que se llamó el “Palacio de la Higiene”, con la Asistencia Pública sobre la calle Rioja (se lee aún la fecha de 1902 en el frente) y la maestranza (ubicada antes donde se habilitó en 19l2 la Biblioteca Argentina), sobre la calle San Luis.
A fines de 1899 se pone fin a un pleito que se plantea con la Compañía de Obras de Salubridad por las cloacas, cuyo radio sólo alcanza a la calle Dorrego y la avenida Pellegrini. El director de Obras Públicas, hombre inflexible con el deber, dictamina que debe rectificarse completamente la red y confecciona los planos correspondientes. Por supuesto que la compañía se resiste y acude a todas las influencias posibles. El intendente Lamas, que confía plenamente en su funcionario, accede a pedir la opinión del famoso ingeniero Luis Huergo, profesor de la Universidad de Buenos Aires y constructor de obras importantes. El erudito profesor confirma la opinión de Thedy y a la compañía no le queda más que aceptar la firma de un convenio para realizar los trabajos requeridos.¡Ejemplo para las horas presentes de tanta claudicación, complacencia y engaño!
Los terrenos del bajo necesitan ser saneados. El ingeniero Thedy traza los planos de una avenida costanera, que con ligera variante es la avenida Belgrano, que se habilita con su actual ancho de 50 metros, en su primera sección.
Lamas se ocupa también del abastecimiento como parte de su preocupación por la salud pública y la mejor provisión de alimentos frescos a precios razonables. Se proyecta la construcción del Mercado Central, imponente edificio, cuyos planos también son de la autoría del ingeniero Thedy. Como muestra del cambio de las expectativas económicas y la recuperación de la solvencia municipal, el costo varias veces millonario de la obra se cubrió con un empréstito interno colocado en sólo tres días.
La cuestión de la deuda exterior, luego de una década de moratoria, por fin puede arreglarse con mucha economía para la Municipalidad. Gran participación tuvo en el arreglo don Santiago Pinasco, fuerte comerciante de la ciudad, que ha estudiado durante varios años en Italia ciencias comerciales y finanzas. Don Santiago viaja a Europa y logra el arreglo sin que sus gestiones y viajes le cuesten un centavo a la Municipalidad. ¡Otro ejemplo!
Con la salida de la moratoria, que también trabajosamente se consiguió en el país, mejoró el clima de los negocios y la inversión pública y privada. Culminaron las gestiones para que se retiraran las vías del Ferrocarril Oeste Santafesino, que ocupan el bulevar Argentino (hoy avenida Pellegrini), la calle Pueyrredón (ramal a los Graneros) y el camino a la Candelaria, que permitió la apertura de la avenida Godoy. También allí tuvo participación el ingeniero Thedy
En ocasión de inaugurarse el hipódromo, se tributó un homenaje a don Luis Lamas.
El doctor Gerardo Costanti expresó: “Si el intendente ha sido la cabeza material y legal en el gobierno de la comuna, el ingeniero Thedy ha sido el creador intelectual de sus obras”.
Héctor Thedy siguió siendo director de Obras Públicas durante las intendencias de Santiago Pinasco y de Nicasio Vila. En 1908 el F.C. Central Argentino presentó un proyecto de modificación de la vía de ingreso desde Retiro. La obra consistía básicamente en un viaducto a emplazar en el centro de la avenida Belgrano y una nueva estación. El Concejo Deliberante pidió el informe del director de Obras Públicas y éste en forma clara y concisa se opuso a la obra que anularía la costanera y constituiría un muro entre la ciudad y el puerto. No fue impedimento para su opinión que su hermano fuera el abogado del ferrocarril.
En el orden político, Thedy participó, junto a Lisandro de la Torre, en la fundación de la Liga del Sur y el partido lo eligió como candidato a senador provincial en 1912 y fue un año después concejal de Rosario, labor en la que continuó su obra inteligente.
Integrante de la junta de gobierno del Partido Demócrata Progresista y en ejercicio de la concejalía, falleció repentinamente el 24 de marzo de 1916, a los cuarenta y seis años de edad.
Pocos rosarinos han hecho tanto por el progreso de la ciudad de Rosario como el ingeniero Héctor Thedy, quien a sus méritos intelectuales unió un profundo sentido moral y la defensa permanente del interés público.
Con justicia, una calle lleva su nombre, precisamente en el barrio Las Malvinas, ex Refinería.
Silvio Jou
Cuando una larga vida como la que se acaba de extinguir deja una legión de amigos, como en el caso de Silvio Jou, cabe preguntarse cuál es la razón de ello. Quienes fueron sus amigos de la juventud ya no están, otros que les siguieron, tampoco. La respuesta no puede ser otra: don Silvio fue un sembrador de afectos, que multiplicó sus frutos en los caminos diversos que recorrió.
Desde Los Quirquinchos vino a estudiar en el Colegio del Sagrado Corazón y era ahora el decano de los ex alumnos y como tal dispuesto a reconocer a quienes le dieron la instrucción y el conocimiento, como pudo verse en ocasión de celebrarse el centenario de esa casa de estudios.
Allí en Los Quirquinchos estaba -su padre era gerente de una casa de comercio del pueblo- cuando llegó a fines de 1927 el doctor Enzo Bordabehere con varios correligionarios para buscar el apoyo popular en momentos de reorganización de la actividad partidaria. Momentos difíciles, de policías bravas, de coacciones que llegaban hasta precintar la maquinaria agrícola de los colonos opositores, en consecuencia, de reclutamiento difícil. Silvio rondaba los 18 años. Inmediatamente, junto a otros jóvenes se dio a la militancia política, que ya no abandonaría en el resto de su vida.
Al llegar el doctor Luciano Molinas al gobierno de la provincia, cuando él tenía 22 años de edad, fue designado secretario del ingeniero Dante Ardigó, presidente del Consejo de Educación, colaborando en una gestión transformadora de la actividad, con la descentralización escolar en cumplimiento de la Constitución de 1921, tarea que desarrolló con el entusiasmo de sus años mozos y de la convicción de sus ideas.
La inicua intervención federal al gobierno del doctor Molinas, dejó la obra interrumpida y más tarde abandonada.
Vendrían entonces los años de su incorporación a la Federación Agraria, entidad en la que durante décadas brindó su conocimiento y su esfuerzo hasta llegar a los más altos rangos del escalafón.
Este es el sintético recorrido donde desplegó su inteligencia intelectual. Falta señalar su actuación como mandato de lo que hoy se conoce como la inteligencia emocional. Vinculado a un club de fútbol de esta ciudad, se entregó a esta actividad con la misma pasión y ocupó los más altos cargos directivos. Cuantas anécdotas en las que resaltaba la defensa de la divisa deportiva le gustaba contar! Y cuantas enseñanzas de las épocas en que los dirigentes de los clubes, al margen de la rivalidad del deporte, eran señores, que no habían sido corrompidos por la demagogia ni alentaban la violencia!
No sería completa la reseña de su vida si no se dijera algo de su gusto por la poesía. Siendo adolescente, fue uno de los primeros que leyó poemas en los albores de la radiofonía rosarina. Esa afición no la abandonaría jamás. Hasta los últimos días de su vida le hemos oído recitar con entusiasmo de niño las grandes obras de la lengua española y deleitarnos con las estrofas de Vicente Medina, el murciano que vivió largos años en Rosario.
Silvio Jou tuvo justo reconocimiento de sus méritos y de su entusiasmo. En el Partido Demócrata Progresista integró organismos partidarios y candidaturas y llegó a ocupar los cargos de elector de gobernador y elector de presidente, que se disciernen entre los ciudadanos más leales, en quienes se deposita la máxima confianza. En los últimos años, presidió la Comisión de Museo y Homenajes, y también allí, con su archivo y su memoria, contribuyó a cumplir los propósitos inherentes a la misma.
En el cuarto de la habitación que ocupaba en la residencia de los últimos meses, las fotografías y menciones honoríficas ilustraban claramente acerca de sus ideales y sentimientos. Un cuadro mostraba a los doctores Lisandro de la Torre y Mario Antelo: el espejo en el que supo contemplarse en la noble acción política. En otros, su familia, su trabajo, su divisa deportiva.
Silvio Jou fue por sobre todas las cosas un amigo leal, un hombre cabal, un referente ante quien cesaban las querellas porque se imponía suavemente como aquellos que están un paso más delante de los intereses que dividen a los seres humanos. A la edad en que la mayoría de los hombres declinan, él mantenía sus entusiasmos juveniles. Era un optimista por naturaleza.
Ya no escucharemos sus amigos su saludo afectuoso: “Chau, querido”. Hoy le decimos cariñosamente: Hasta siempre don Silvio.
Desde Los Quirquinchos vino a estudiar en el Colegio del Sagrado Corazón y era ahora el decano de los ex alumnos y como tal dispuesto a reconocer a quienes le dieron la instrucción y el conocimiento, como pudo verse en ocasión de celebrarse el centenario de esa casa de estudios.
Allí en Los Quirquinchos estaba -su padre era gerente de una casa de comercio del pueblo- cuando llegó a fines de 1927 el doctor Enzo Bordabehere con varios correligionarios para buscar el apoyo popular en momentos de reorganización de la actividad partidaria. Momentos difíciles, de policías bravas, de coacciones que llegaban hasta precintar la maquinaria agrícola de los colonos opositores, en consecuencia, de reclutamiento difícil. Silvio rondaba los 18 años. Inmediatamente, junto a otros jóvenes se dio a la militancia política, que ya no abandonaría en el resto de su vida.
Al llegar el doctor Luciano Molinas al gobierno de la provincia, cuando él tenía 22 años de edad, fue designado secretario del ingeniero Dante Ardigó, presidente del Consejo de Educación, colaborando en una gestión transformadora de la actividad, con la descentralización escolar en cumplimiento de la Constitución de 1921, tarea que desarrolló con el entusiasmo de sus años mozos y de la convicción de sus ideas.
La inicua intervención federal al gobierno del doctor Molinas, dejó la obra interrumpida y más tarde abandonada.
Vendrían entonces los años de su incorporación a la Federación Agraria, entidad en la que durante décadas brindó su conocimiento y su esfuerzo hasta llegar a los más altos rangos del escalafón.
Este es el sintético recorrido donde desplegó su inteligencia intelectual. Falta señalar su actuación como mandato de lo que hoy se conoce como la inteligencia emocional. Vinculado a un club de fútbol de esta ciudad, se entregó a esta actividad con la misma pasión y ocupó los más altos cargos directivos. Cuantas anécdotas en las que resaltaba la defensa de la divisa deportiva le gustaba contar! Y cuantas enseñanzas de las épocas en que los dirigentes de los clubes, al margen de la rivalidad del deporte, eran señores, que no habían sido corrompidos por la demagogia ni alentaban la violencia!
No sería completa la reseña de su vida si no se dijera algo de su gusto por la poesía. Siendo adolescente, fue uno de los primeros que leyó poemas en los albores de la radiofonía rosarina. Esa afición no la abandonaría jamás. Hasta los últimos días de su vida le hemos oído recitar con entusiasmo de niño las grandes obras de la lengua española y deleitarnos con las estrofas de Vicente Medina, el murciano que vivió largos años en Rosario.
Silvio Jou tuvo justo reconocimiento de sus méritos y de su entusiasmo. En el Partido Demócrata Progresista integró organismos partidarios y candidaturas y llegó a ocupar los cargos de elector de gobernador y elector de presidente, que se disciernen entre los ciudadanos más leales, en quienes se deposita la máxima confianza. En los últimos años, presidió la Comisión de Museo y Homenajes, y también allí, con su archivo y su memoria, contribuyó a cumplir los propósitos inherentes a la misma.
En el cuarto de la habitación que ocupaba en la residencia de los últimos meses, las fotografías y menciones honoríficas ilustraban claramente acerca de sus ideales y sentimientos. Un cuadro mostraba a los doctores Lisandro de la Torre y Mario Antelo: el espejo en el que supo contemplarse en la noble acción política. En otros, su familia, su trabajo, su divisa deportiva.
Silvio Jou fue por sobre todas las cosas un amigo leal, un hombre cabal, un referente ante quien cesaban las querellas porque se imponía suavemente como aquellos que están un paso más delante de los intereses que dividen a los seres humanos. A la edad en que la mayoría de los hombres declinan, él mantenía sus entusiasmos juveniles. Era un optimista por naturaleza.
Ya no escucharemos sus amigos su saludo afectuoso: “Chau, querido”. Hoy le decimos cariñosamente: Hasta siempre don Silvio.
1º de julio de 2003
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